lunes, 30 de marzo de 2009

El arte de estrangular (Colaboración del Sr Pons)


Titulo original: Art School Confidential
Dirección: Terry Zwigoff
Guión: Daniel Clowes (Cómic: Daniel Clowes)
País: USA.
Año: 2007.
Duración: 102 min.
Género: Comedia
Interpretación: Max Minghella, Sophia Myles, John Malkovich, Jim Broadbent, Anjelica Huston, Ethan Suplee, Matt Keeslar, Joel David Moore


SINOPSIS
Un joven artista se apunta a una pequeña escuela de arte con el sueño de convertirse en un mito.

CRÍTICA
Llega directamente al video club sin estreno en salas comerciales el nuevo trabajo tras Ghost World del autor de cómics Daniel Clowes y el director Terry Zwigoff. Una de las parejas más corrosivas, críticas y fascinantes del panorama actual siendo para la ocasión el mundillo de las escuelas de arte y sus alumnos snobs el centro de la diana con la que ambos forman un discurso tan malvado como desalentador con la ayuda de unos perfectos John Malkovich de plena actualidad por el estreno el intercambio, la protagonista de la serie Moonlight Sophia Miles y en un brve cameo la ganadora del orcar por el honor de los prizzi Angelica Huston.

Un viaje que navega en el mundo de Jerome “bien interpretado por el desconocido Max Minghella al que vimos en syriana e hijo del fallecido director del paciente ingles Anthony Minguella”. Se nos cuenta el día a día de un personaje mediocre que tiene cierto talento para dibujar bocetos y con ello quiere imitar a Picasso escapando de su rutina habitual convirtiéndose en una estrella para de esta forma aplacar su ego y disfrutar de sexo.

El último plano refleja, años después, la victoria de Jerome. Sus experiencias en la escuela de arte Strathmore, que constituyen el grueso de la película, le han enseñado a formalizar una pose que al colmar las expectativas de los demás le ha garantizado ciertas contraprestaciones. A costa, evidentemente, de falsificar sus señas de identidad.

Es una toma compleja. Vemos en plano medio a Jerome (Max Minghella), encarcelado por un crimen que no es tal y admirado por unos cuadros que no son suyos, besándose con su amor ideal, Audrey Baumgarten (Sophia Myles), en el locutorio de la prisión. Les separa una mampara de cristal. Los labios de ambos, por tanto, se depositan sobre la imagen que cada uno ha forjado del otro a su propia conveniencia, y en la que están atrapados. El vidrio imposibilita el contacto real entre ellos. Las sensaciones desagradables y los sentimientos de angustia que impregnaban el primer plano del film han dado paso a una representación placentera y consoladora.
Sophia no es inocente, su amor por Jerome surge de un malentendido y a lo largo del metraje ha demostrado una curiosa tendencia a verse atraída por los triunfadores.

Pero no ha llegado a vender su alma al diablo. Le ha bastado con la entrepierna —perdón, el corazón—. Prostituir las emociones nos condena únicamente a vivir y a marchitarnos sin dejar otra huella que la de nuestro patetismo. En cambio, ha fiado a la aceptación ajena su talante intelectual y artístico, y como resultado es amado y venerado como un icono de falsos valores, puesto a buen recaudo en una urna hermética. Su condena es eterna.

La fama a cualquier precio es la premisa básica de la historia, profesores acomplejados que todavía creen que algún día les llegara lo que se merecen, alumnos sin talento que transitan por sueños imposibles, al final solo importa la popularidad. ¿El talento? Es mejor obviarlo. Sigamos analizando esa fauna que impregna la pantalla.

Marvin Bushmiller (Adam Scott) es el triunfador, un antiguo alumno de Strathmore que se ha hecho de oro con una obra que se adivina tan desvergonzada como su comportamiento frente a los alumnos novatos de la escuela. Jonah (Matt Keeslar) es el artista naif, que consigue sin esforzarse todo lo que Jerome ansía. Y Jimmy (Jim Broadbent) es el outsider, el perdedor. Un monstruo que encarna la radicalidad artística cuyas consecuencias vitales el protagonista no está dispuesto a asumir.

Estos cuatro puntos cardinales orientarán con diferente intensidad a Jerome en su carrera hacia el éxito. Delatando, como lo había hecho esa escena temprana en la que el joven aparecía disfrazado de Picasso, que carecía de un rumbo propio, que jamás había sentido el arte como algo íntimo, ineludible. Que para él ha sido una máscara que salva del ostracismo social. Son en todo caso las estrategias de guión operadas por Clowes las que vuelcan ese significado en el plano final, y las que otorgan atractivo a la película para quienes hayan reflexionado alguna vez sobre las razones de la creatividad y las servidumbres del reconocimiento popular. Sin embargo se queda un poco a medias en sus pretensiones.

Lo Mejor: El plano final antológico.
Lo Peor: Técnicamente muy limitada en su bajo presupuesto y se queda a medias en su radical radiografía del mundo artístico.
Un 6,5.